El lujo ya no se mide en relojes ni en abrigos de cashmere. O al menos, eso dicen. El lujo, hoy, es poder moverse. Saber hacerlo. Deslizarse por la ciudad con una mochila que no desentone con una americana ni con un día sin rumbo. Así son Rodrigo Bernárdez Casas y Alejandro Crespo Hernández, fundadores de Pilatus Brand, la marca (o firma de mochilas cool que llevan ahora los consultires de cualquier parte) nació de esa intuición, de ese gesto elegante del que vive entre aeropuertos, cafés de paso y oficinas en altura. Sus fundadores —dos hombres con la precisión del ingeniero y la sensibilidad del diseñador— decidieron que la funcionalidad podía tener alma, que una mochila podía ser discreta y, a la vez, decirlo todo.

Nos reunimos para ESSENCEmag en una mañana con olor a espresso y productividad. Hablamos de materiales resistentes, de cremalleras que no fallan, pero también de identidad, de ese equilibrio entre la estética del consultor y la libertad del viajero. Las mochilas Pilatus se han convertido en el uniforme invisible de una nueva generación de hombres y mujeres que trabajan con la cabeza y viajan con el cuerpo; que no distinguen entre el lunes y el aeropuerto, entre el despacho y la vida.

Pilatus es más que una marca: es una declaración de intenciones. No grita, no presume, no finge. Se lleva al hombro como se lleva una idea clara: sin ostentación, pero con carácter. Sirve para todo, y esa es una de sus virtudes, poder estar encasillada entre el bohemio y el consultor. Entre quien está sobre una moto de Acciona o una BiciMad. Dos mundos que confluyen por la espalda.

—Pilatus nace en un Erasmus y se convierte en una marca con eco internacional. ¿Qué se les quedó grabado de aquel viaje al Monte Pilatus?

Lo que más recordamos son las ganas de emprender. Teníamos 21 años y nos apasionaban los negocios y la moda. En ese viaje hablamos mucho de lo que nos gustaba y de lo que nos faltaba en nuestro día a día. El Monte Pilatus se convirtió en un símbolo de ese momento: un sitio que exigía esfuerzo, pero que al final te recompensaba con algo inolvidable. Esa idea de esfuerzo y recompensa nos ha acompañado desde entonces.

—De la idea romántica de un monte suizo a la cruda realidad empresarial en Madrid, ¿qué ha sido lo más difícil de ese salto?

Suiza fue el origen, la inspiración. Pero la realidad está en Madrid. Aquí formamos equipo, montamos oficina, lidiamos con proveedores, logística, envíos y todas las partes que no se ven de un negocio. Lo más difícil fue pasar de soñar a ejecutar: asumir que para que una idea funcione hay que hacer mucho trabajo que no es nada romántico, pero que es lo que sostiene la marca.

—Se dicen fundadores, pero en la práctica… ¿quién de ustedes es más soñador y quién baja las cuentas a tierra?

Rodri siempre ha sido más soñador, con ideas nuevas, más impulsivo. Alex suele ser más de poner los pies en la tierra, de pensar en los números y en cómo hacerlo posible. Pero la verdad es que nos vamos equilibrando. A veces uno vuela y el otro tira, y otras veces pasa al revés. Esa dinámica es lo que mantiene vivo a Pilatus.

—¿Cuándo se dieron cuenta de que lo suyo no era solo un pasatiempo universitario sino una marca con futuro real?

El día que vimos a alguien por la calle con una mochila Pilatus y no tenía nada que ver con nosotros. Fue un shock: alguien había elegido nuestra mochila porque le gustaba, no por hacernos un favor. En ese momento entendimos que habíamos creado algo que podía crecer más allá de nuestro círculo.

—El accesorio como declaración de estilo: ¿qué cuenta una mochila de Pilatus de la persona que la lleva?

Que es alguien que no para. Que trabaja, entrena y viaja. Una persona que valora tanto el diseño como la funcionalidad, y que no quiere tener que renunciar a nada. Cuando vemos a alguien con una Pilatus sabemos enseguida que comparte ese estilo de vida activo y versátil.

—¿Cómo se conjuga sostenibilidad con estética sin caer en la trampa del marketing verde?

Para nosotros la sostenibilidad no es un eslogan, es algo básico. Siempre que podemos usamos materiales reciclados, buscamos proveedores responsables y pensamos en la durabilidad. Porque la sostenibilidad también es que no tengas que cambiar de mochila cada año. Creemos que en el futuro dejará de ser un reclamo de marketing y pasará a ser lo normal, lo que se espera de cualquier marca.

—El diseño es universal, pero la mochila es muy personal. ¿Tienen un modelo que sientan como su hijo predilecto?

La Urban, sin duda. Fue la primera que lanzamos y la que más gente reconoce. No es perfecta, pero simboliza el inicio, los aprendizajes y la validación de que íbamos por buen camino. Además sigue siendo nuestro bestseller, lo que nos confirma que tenía sentido desde el principio.

—Dicen que sus productos son para quienes salen del trabajo directos al gimnasio o al tren. ¿Qué hay de sus propias vidas nómadas?

Nosotros vivimos así. Por eso Pilatus nació de una necesidad real. Entrenábamos todos los días, trabajábamos sin parar y siempre estábamos con un pie en el avión. Lo que diseñamos es lo que usamos, no lo que imaginamos que podría gustar. Y eso se nota: cada bolsillo, cada compartimento viene de nuestra experiencia personal.

—En un mercado saturado de marcas rápidas, ¿cómo se construye una identidad que dure más que una temporada?

Teniendo claro quién eres y por qué existes. Las modas pasan, pero la visión se mantiene. Si sabes a quién quieres acompañar y cómo lo quieres hacer, las decisiones son más fáciles. Nosotros diseñamos para un estilo de vida concreto, no para una tendencia pasajera. Eso es lo que nos permite tener una identidad sólida.

—Han trabajado con patrocinadores olímpicos. ¿Qué sintieron al ver Pilatus en ese escaparate global?

Fue un punto de inflexión. De repente todo el esfuerzo de años se veía en un escenario mundial. Fue emocionante y también un recordatorio de que lo que hacemos puede llegar muy lejos. Son momentos en los que te das cuenta de que lo que empezó en un Erasmus se ha convertido en algo real y grande.

—De todos los clientes que han conocido, ¿alguno les sorprendió especialmente?

Disney. Fue un momento muy especial, porque es una marca con la que todos hemos crecido. Ver que alguien así confía en ti y en tu producto te da una ilusión enorme. Es uno de esos hitos que no olvidas.

—Rodrigo, Alejandro: si tuvieran que definir al otro en una palabra, ¿cuál sería?

Alejandro diría de Rodri que es apasionado, porque siempre está buscando la forma de hacer algo nuevo y mejor. Y Rodri diría de Alejandro que es exigente, porque no deja pasar un detalle y siempre quiere que todo salga perfecto.

—¿Cuánto de España y cuánto de Suiza queda en la filosofía Pilatus?

De Suiza queda el origen y la inspiración del nombre. Pero la verdad es que Pilatus se ha hecho en España. Aquí tenemos el equipo, aquí hemos crecido y desde aquí nos estamos expandiendo. Así que, aunque Suiza fue el punto de partida, la esencia es muy española.

—En la moda y los accesorios, a veces la tendencia es la dictadura. ¿Ustedes prefieren seguir o inventar?

En accesorios las tendencias no cambian tan rápido como en moda. Mira Samsonite, lleva décadas con una identidad clara. Nosotros creemos en inventar, pero con sentido. No se trata de hacer algo diferente por hacerlo, sino de aportar valor y mejorar lo que existe.

—¿La mochila perfecta debe ser invisible en el día a día o brillar como un manifiesto?

Depende de la persona. Hay quien quiere que pase desapercibida y hay quien quiere que sea una declaración de estilo. Lo importante es que cumpla su función y que se adapte al ritmo de quien la lleva.

—En estos años, ¿han recibido algún consejo empresarial que todavía repitan como un mantra?

Trabajo, trabajo y más trabajo. No hay atajos. Todo lo que hemos conseguido ha sido a base de esfuerzo y constancia.

—¿Qué les inspira más: la calle, la naturaleza o las conversaciones de sobremesa?

La calle. Ahí es donde aprendes de verdad, hablando con clientes y con personas que no te conocen. Es el contacto directo con la realidad lo que más nos inspira.

—Si mañana les diera vértigo todo esto, ¿qué otro oficio les veríamos ejercer?

Seguramente emprenderíamos otro proyecto. Nos gusta crear cosas desde cero, dar forma a ideas y buscar soluciones a problemas. Emprender es lo que nos mueve.

—Si Pilatus fuese un vermut de domingo, ¿cómo lo describirían en la barra de un bar de Chamberí?

Versátil, que encaja en cualquier ocasión. Como un vermut que puedes tomar en una comida larga, en una charla improvisada o en una celebración con amigos.

—¿De qué huyen cuando trabajan tanto?

Del móvil y del ordenador. Al final pasamos muchas horas conectados y lo que más necesitamos es desconectar de verdad.

—¿Les da miedo el silencio o lo buscan?

Lo buscamos. Es necesario para ordenar ideas y encontrar claridad en medio del ritmo tan intenso que llevamos.

—¿El éxito abriga o también deja frío por dentro?

Para nosotros el éxito no es un destino, es poder levantarnos cada lunes y dedicarnos a lo que nos gusta. Eso sí que abriga. Todo lo demás son hitos en el camino.

—Si Pilatus fuese una herida, ¿qué cicatriz dejaría en ustedes?

La cicatriz del aprendizaje. Una marca que nos ha puesto a prueba, nos ha exigido mucho, pero que también nos ha hecho crecer como personas y como emprendedores.

—Y díganme, con calma: ¿qué buscan en realidad, detrás de todo esto?

Buscamos vivir de lo que nos apasiona, crear algo con sentido y acompañar a quienes, como nosotros, no quieren renunciar a nada. No se trata solo de vender mochilas, sino de compartir una manera de vivir.

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