Estaba a punto de hacer la siesta cuando la noticia del día (y del año, en moda) ha invadido el feed de cualquier plataforma. Imposible conciliar el sueño, por lo que coseré con palabras un homenaje que quede escrito para testimoniar la esencia de un hombre con verdadero espiritu Essencemag. El nombre es conocido por todos: marca, icono, y mito de la moda que ha trabajado hasta sus últimos días. Giorgio Armani ha fallecido tras una vida que fue pura geometría, estructura y sueños suavizados por la hebra del buen gusto— pero su ausencia resuena como un eco en las páginas que todavía se tejen con su aura. Arquitectura de la chaqueta y de la costura.
Armani no fue un modisto: fue un demiurgo del traje desestructurado, un alquimista que transformó la sastrería en poesía minimalista. El hombre que renunció a la medicina para recetar elegancia, trazó cada línea de su imperio con paciencia, casi con devoción. Desde los escaparates de La Rinascente hasta los platós negros de las alfombras rojas, su nombre se volvió sinónimo de silencio bien vestido, de poder sin estridencia.
Cuando Julia Roberts emergió, sonrisa fulgurante y traje oversize, en los Globos de Oro de 1990, el aire cambió de densidad: era Armani desplegando su magia sin nombre, vistiendo una mujer con el temple de un mito cinematográfico. El mundo, inesperadamente, captó que el traje podía ser fuga, canción y sentencia al mismo tiempo. Su sello fue el desnudo sofisticado: materia blanca sin exceso, líneas puras, hombros libres de impostura. En cada chaqueta liviana o vestido sobrio se veía un reflejo de interiores arquitectónicos, de la luz que cae en columnas discretas. El traje Armani no vestía cuerpos: los elevaba.
Esa elevación eterna se alargó hasta el ocaso: hasta días antes en que Giorgio —Il Signor Armani— murió, trabajando incansable. A sus 91 años, permaneció pendiente de colecciones, proyectos, aniversarios y celebraciones que jamás llegaron a ver su fecha, pero que guardaban su aliento. Su sobrina Roberta seguirá la estirpe de una empresa que solo en 2024 facturó más de 2000 millones de euros.
Armani era hombre de momentos íntimos. Hace solo días apareció en portada de un suplemento económico con una camiseta azul marino, rodeado de verde jardín y un libro en la mano. Aun falto en salud, seguía controlándolo todo, “mi gran debilidad”, confesaba . Eso fue Armani, un hombre que llevaba el reinado de la elegancia incrustado en cada poro.
No hay demasiadas leyendas que conjuguen arte, empresa, humildad y belleza. Milán se transformó bajo su toque: del Marie Claire al prêt-à-porter, del traje ejecutivo a la aún inacabada celebración de los 50 años de su casa. Ese medio siglo llegaba este septiembre como uno de los homenajes previstos; Giorgio se lo llevó, pero su espíritu ya estaba tejido en cada pliegue, en cada botón, en cada estructura efímera y eterna .
Hoy, cerramos ojos y abrimos memorias. Armani fue padre de un imperio que no parecía un árbol financiero, sino un bosque de ideas: Giorgio Armani, Emporio Armani, Armani Privé, Armani Exchange… cosmética, hogar, hoteles, fragancias. El hombre diseñó sastrería, luego se puso a habitar el deseo con metros de tela y sutileza corporativa. Todo lo tocó y todo lo convirtió en pulcra elegancia que bebía de la arquitectura.
Fue pionero: transmitió sus pasarelas en directo por Internet, fue de los primeros diseñadores que prohibieron modelos excesivamente delgadas, tejió uniformes olímpicos, bullangueros atuendos para Lady Gaga… Armani fue continente y contenido. Nunca rompió su elegancia con artificios. Su existencia fue una declaración silenciosa, una promesa que no necesitaba espejos para reflejarse en nosotros .
Y ahora, ¿qué será del imperio sin su voz pausada y firme? La ceremonia privada, en Milán, donde su cuerpo será velado este fin de semana, es una metáfora hermosa: la moda quiere verlo partir con discreción y reverencia, como siempre quiso ser vista, como él quiso ser. Su muerte no es el final, es una prolongación del silencio elocuente que fundó. Armani se deshace de su cuerpo, pero no de su encuadernación cromática ni de la cadencia de sus cortes.
La moda está de luto. Pero la elegancia, si ha de seguir, tiene un patrón indeleble: líneas recortadas contra el cielo, hombros libres, pensamiento que aún viaja en una chaqueta sin peso, como un latido. Giorgio Armani no ha muerto del todo: está en cada traje que nos hace sentir invencibles y en cada silencio que luce como un alfabeto de gracia.
Eso quería decirles esta tarde, mientras las agujas avanzan y los metros se acortan: gracias, maestro. Gracias por haber vestido el tiempo y haberlo hecho eterno. Ahora queda un legado para disfrute del mundo por los siglos de los siglos.
Con reverencia,
Bertie de Espinosa
Foto: cortesía de Giorgio Armani





