Por Marc Doménech Cases
Camus defendía que la vida no tiene un sentido intrínseco, que el universo es indiferente a nosotros y que, al tomar conciencia de ello, nos enfrentamos al «absurdo»: esa tensión entre nuestro deseo de hallar sentido y un mundo que no lo ofrece. La idea de que vivimos sabiendo que vamos a morir, pero sin saber cuándo. En esa lucha, Camus encontró sentido: vivir con dignidad, con rebeldía, con presencia.
Tantos siglos de pensar la muerte, tantos tratados y páginas escritas… para que llegue un torero y encuentre sentido a su vida. Y no contento con eso, haga que su sentido sea no dejar que la muerte lo paralice (desde luego que no). Se viste de luces, pisa la arena y, en silencio, lo entiende todo: la muerte puede llegar en cualquier momento, sí… pero ¿para qué pensar en ella si estamos aquí, vivos?
Hablar del toro es hablar del rito. El rito es algo que no hacemos, se hace. No tenemos que estar tomando decisiones. Todo está ya decidido. Se hace lo que se ha hecho siempre. Cuando estamos en la procesión, por ejemplo, no necesitamos estar sintiendo a Dios. Pero el hecho de estar haciendo todos juntos algo nos quita el ego, y eso me parece esencial. Nos saca de nosotros mismos para formar parte de una comunidad.
Hoy domina una falsa disyuntiva que responde a dos prejuicios contemporáneos. Se cree que para que una conducta sea genuina, debe surgir de forma espontánea, como si la autenticidad solo residiera en lo improvisado. Eso es un error. El rito no funciona así. Su valor no depende de lo que provoque en quienes lo presencian, sino que posee un significado propio, pleno, por el simple hecho de realizarse. Una corrida ya es valiosa en sí misma, no por los efectos que pueda llegar a provocar en los asistentes, eso es un añadido.
Es precisamente desde esa verdad donde comienza esta conversación. Afuera, Madrid latía con su ruido habitual; dentro, todo estaba dispuesto para hablar de lo que la mayoría evita.

PREGUNTA: ¿Se llega a ver la muerte de cerca?
RESPUESTA: La muerte la ves todos los días, está presente siempre. Pero no lo piensas, no te paras a darle vueltas. En mi caso, desde que perdí a mi madre, hace ya tres años, cambió mucho mi forma de ver las cosas. No es que quiera perder la vida, pero ya no le tengo miedo a la muerte. Cuando has sentido un amor tan grande como el de una madre y lo pierdes, pierdes también el sentido de muchas cosas.
Eso no quiere decir que me quiera ir ya. Simplemente he aprendido a vivir con esa idea, a aceptarla. Y ahora disfruto mucho más de los buenos momentos que me regala la vida, y a los malos… intento siempre buscarles el lado positivo.
P. ¿Vale la pena la muerte por la gloria?
R. Yo creo que sí… estoy convencido de que sí. Como en cualquier profesión donde está en juego la vida (como el motociclismo o la Fórmula 1) sabes a lo que te expones. Y en nuestro caso, estamos delante de la última bestia del siglo XXI: el toro.
Para mí, sin duda, merece la pena. Porque al otro lado del miedo hay muchas cosas bonitas. Solo el que es capaz de soportar ese miedo y enfrentarlo de verdad, es quien puede llegar a conseguir lo que busca.
P. ¿Se intenta no pensar en la muerte? Porque si no, sería inviable lo que hacéis en el ruedo, ¿no?
R. Se intenta no pensar, pero hay momentos en los que se te pasa por la cabeza. No ese mismo día, sino días antes, o incluso esa misma noche. Es verdad que hay un momento en el que una voz pequeña te habla y se siente mucho miedo, pero cuando logras superar esa barrera, que la superas, es muy reconfortante. Al final, sales de la lucha contra la voz interna que te anuncia que puede llegar tu muerte, sobre todo arriesgando o estando dispuesto a perderla, muy reconfortado.
P. ¿Y qué te dice esa voz?
R. Habla de que mañana puede ser el último día. El día de la corrida de Madrid no lo pensé, pero sí se me llegó a pasar por la cabeza que podría ser mi última tarde como torero.
La verdad es que es muy fácil decirlo, pero a la vista está que es difícil de vivir. Difícil vivirlo y, sobre todo, hacerlo. Esa fue mi intención. Creo que hay imágenes de ese día que hablan por sí solas. Ha sido uno de los días en los que sí lo he tenido presente y he salido de ahí exponiendo mi vida. Al final, eso es lo que uno sueña: estar en la primera plaza del mundo. Es la que te da todo, por eso tienes que estar dispuesto a perderlo.
P. Para no dejarlo así… ¿qué te dice la vida?
R. A mí la vida me dice muchas cosas bonitas. Si consigo seguir adelante y lograr lo me propongo, me imagino que todo lo que esté dispuesto a dar, la vida me lo va a devolver el doble. Mi futuro lo imagino muy bonito, no sé si llegará, pero me lo imagino así
P. Fue curiosa la estampa de un torero con vaqueros y sin chaquetilla. Sin embargo, te seguíamos viendo igual de torero. ¿Hay que saber vestir el traje de luces más allá de llevarlo?
R. Sí, el traje nunca debe faltar. El torero siempre tiene que ir vestido de luces. Aquella ocasión fue algo extraordinario, porque no podía volver a ponerme la taleguilla por la cornada que tenía justo en la zona donde el vestido hace la cruz. La única solución fue usar un vaquero y sin chaquetilla, por el dolor.
Pero creo que el vestido es un ritual que se debe respetar, y es lo que al final te convierte en torero, o te deja en el hotel como una persona más. Una vez que te fundes con el vestido, se te olvida todo, y es ahí cuando puede acabar el torero y empezar el hombre.
El traje de luces es un ritual. Es una obra de arte que llama mucho la atención. Incluso los aficionados más expertos se fijan en cómo se viste un torero. Hoy en día, creo que hay cuatro figuras que representan ese ritual con pureza: Juan Ortega, Morante de la Puebla, Uceda Leal o Roca Rey. Creo que siguen manteniendo ese rito con mucha elegancia, y es algo que los toreros debemos cuidar siempre.

P. El hábito no hace al monje, pero… ¿el rito hace al hombre?
R. Sí. Cada uno sigue sus ritos, sus pasos. Cada torero tiene su propio ceremonial. Cuando hay miedo, cuando hay tensión, uno recurre a eso: a sus supersticiones, a sus costumbres.
Yo, la verdad, no soy muy supersticioso, pero sí tengo mis ritos. Es así como uno se mentaliza para lo que va a hacer: torear… y jugarse la vida.
“Al otro lado del miedo hay muchas cosas bonitas.”
P. ¿Qué sería de la corrida sin el rito?
R. Pues sería una obligación, o simplemente un trabajo. Y no lo es. Aquí puedes perder la vida. Esto es muy serio. No es una obra de teatro. En cuestión de segundos pueden pasar muchas cosas y en una sola tarde pueden vivirse momentos muy distintos.
La corrida de toros es el único espectáculo donde hay verdad, donde hay emoción y donde no hay ningún tipo de trampa. Es un hombre frente a una bestia y nadie sabe lo que va a pasar.
P. El toro te lo da todo, pero también te lo puede quitar todo. ¿Cómo se miden esos extremos?
R. El toro lo da todo, pero tú también das tu vida. Creo que todo el que se pone delante de un toro sabe lo que hay. El toro te puede dar cosas grandiosas, pero también te puede dejar paralítico, en una silla de ruedas, o quitarte la vida. Es un mundo muy bonito, pero es un mundo para elegidos. No todo el mundo es capaz de ponerse delante de un animal así.
P. ¿El éxito produce más dudas que el fracaso?
R. Cuando no tienes nada que perder, no le tienes miedo a nada. Esa es mi situación ahora mismo. Pero cuando ya has conseguido muchas cosas, aparece esa responsabilidad y ese miedo de no bajar de donde estás. Por eso admiro mucho a las figuras del toreo que llevan tantos años manteniéndose arriba. Eso sí que es difícil de lograr.
P. ¿Qué mostráis en el ruedo que sigue generando tanto interés?
R. La verdad.
La verdad de lo que contamos, de estar dispuesto a morir en una plaza. La gente percibe ese riesgo, y se emociona con lo que sucede delante del toro. Yo creo que eso es lo que llama la atención. Ahí está la prueba de que está yendo mucha gente joven a las plazas. Algo les llama la atención.
P. ¿Qué te inspira más: el amor, el dolor, la felicidad, la tragedia…?
R. El amor y la felicidad personal. Cuando uno es feliz y tiene amor de otras personas, vive la vida de otra forma. Pero cuando uno está solo… es duro. Hoy me siento un afortunado por la gente que tengo a mi lado. Después, eso se nota también en mi forma de estar delante del toro.
P. Entones, ¿eres feliz?
R. Sí.
P. ¿Cuál es la hora de la verdad en el toro?
R. En cuanto pisas la arena, ya sabes que puede ser la última vez. Es fácil decirlo desde fuera, pero es muy difícil estar dispuesto a hacerlo. No todos los días uno está igual, ni con las mismas ganas. Pero cuando entras a una plaza, nunca sabes cuál será tu próxima vuelta.
P.Y estás dispuesto a hacer lo que haces, aunque sepas que puede ser la última vez…
R. Para eso estamos, con eso soñamos cada día: con seguir creciendo, seguir subiendo. El daño existe, pero estás dispuesto a todo, todos los días, sobre todo en los grandes escenarios. Pero sí que intentas que, en ese momento, la mente esté muy despejada, para ser capaz de hacerlo.
P. ¿Qué esperas de ti mismo?
R. No venirme abajo. No rendirme. Seguir esforzándome cada día por este sueño
P. ¿Se puede ser sensible y ser torero?
R. Yo soy muy sensible a todas estas emociones. Incluso me gustaría, en algún momento de mi vida, poder emocionarme delante de un toro. Ya me ha pasado entrenando, me he llegado a emocionar al imaginarme esa faena, en una plaza. Claro que se puede ser sensible. Al final, lo bonito son las emociones que se pueden llegar a vivir en una plaza. Porque todo es de verdad ahí dentro.

Hablar con un torero, es hablar de lo que los mortales comunes evitamos. Pero también de lo que más deseamos. Ellos, los toreros, atraviesan ese filo como si nada, como de andar por casa, y eso es de una sabiduría venerable. Nunca he escuchado a nadie hablar con tan poco pasmo de la muerte. Molina tiene una tranquilidad que lo aferra a la vida y me parece de una verdad que, por lo menos, pide verlo torear.
Nadie elige ni el día, ni la hora. Pero el torero la pone a prueba y eso puede llevar a los demás al pecado de banalizarla, de bajarla al umbral humano para sentarla a tomar café (y eso solo se le está permitido al torero). Cuando uno se sienta cómodamente en su fila y número debe recordar lo que en el ruedo acontece.
Molina espera con impaciencia su próxima cita en Madrid el próximo 15 de agosto junto a Lama de Góngora y Rafa Serna. A esta se sumarán otras como el día siguiente en Málaga, el 30 de agosto en Bayona y dos más en su tierra natal, Albacete, el 8 y 15 de septiembre.
Fotos: Fernando López de Ceballos





